Huesos menos frágiles con ejercicio

La Organización Mundial de la Salud definió la osteoporosis como “una enfermedad sistémica caracterizada por una disminución de la masa ósea y un deterioro de la arquitectura microscópica del tejido óseo que llega a un incremento de la fragilidad y el consecuente aumento de la susceptibilidad para fracturas óseas” (Mesa y Guañabens, 2004) y posteriormente el National Institute of Health (NIH) añadió el concepto de resistencia ósea a esa definición.

La osteoporosis es fundamentalmente una enfermedad del remodelado óseo que conduce a un aumento de fragilidad y, por lo tanto, a la tendencia del desarrollo de fracturas óseas en auqellas personas que la padecen. Tal es su importancia en nuestros días que ya las autoridades sanitarias  la clasifican como un problema de salud pública porque el riesgo asociado que tiene de fracturas está ligado a altos índices de morbilidad y elevados cotes terapéuticos (Leboime y otros, 2010). En España se calcula que 2 millones de mujeres y 800.000 varones presentan osteoporosis.

No existe un protocolo universal para identificar personas con osteoporosis ni para población con riesgo alto de fractura. Los pacientes se identifican de forma oportunista por antecedentes de una o más fracturas por fragilidad. En determinados grupos de pacientes, principalmente ancianos y mujeres posmenopáusicas, se debe mantener un alto grado de sospecha frente a la osteoporosis y realizar la búsqueda de factores de riesgo de forma activa.

En el caso de las fracturas existen unos factores de riesgo alto y unos factores de riesgo moderado. La combinación de esos factores con una densidad mineral ósea baja son los que proporcionan la mejor estimación de riesgo de fractura. Se considera alto riesgo cuando al menos existen dos factores de riesgo alto unidos a la densidad mineral ósea baja.

  • Los factores de riesgo alto son: edad avanzada (65 años), peso bajo (IMC < 20 kg/m2), antecedente personal de fractura/s, antecedente materno de fractura de fémur, tratamiento con corticoides (más de 5mg de prednisona/día y un periodo superior a 3 meses) y caídas (más de 2 caídas el último año).
  • Los factores de riesgo moderado son: consumo de tabaco y/o alcohol (tabaquismo activo y consumo de alcohol mayor de 3 unidades día: una unidad de alcohol equivale a 8-10 g), menopausia precoz (45 años), amenorrea primaria y secundaria, hipogonadismo en el varón, fármacos con capacidad de disminuir la densidad mineral ósea, enfermedades con capacidad de disminuir la densidad mineral ósea como artritis reumatoide y otras artropatías inflamatorias, patología intestinal inflamatoria, celiaquía, malabsorción, hepatopatías, hiperparatiroidismo, hipertiroidismo, anorexia y bulimia (si no está tratada, puede considerarse un riesgo alto de fractura).

El tratamiento de la osteoporosis puede llevarse a cabo mediante medidas “no farmacológicas” y “farmacológicas”. Las primeras serán siempre por prescripción y supervisión médica.

Las medidas “no farmacológicas” también se podrían denominar “hábitos de vida saludables”. Se deben recomendar a toda la población, con especial énfasis a los pacientes osteoporóticos.

Se recomienda una dieta equilibrada vigilando una ingesta adecuada de proteínas, evitar el exceso de sal y una exposición solar moderada. Se recomienda una ingesta diaria de calcio de 1.000mg y unos niveles séricos de vitamina D ≥30 mg/ml. Como en ocasiones la dieta habitual no los aporta hay que modificarla o añadir suplementos de calcio farmacológicos que logran reducir la pérdida de masa ósea (siempre bajo la supervisión y recomendación de un médico que será el profesional médico responsable de estas acciones). En mujeres sanas, se ha sugerido que pueden incrementar el riesgo cardiovascular y la litiasis renal, pero este tema es muy controvertido y no está claro. Alrededor del 50% de la población osteoporótica presenta concentraciones séricas bajas de vitamina D y se aconseja suplementar pero su eficacia está en ente dicho. Existe evidencia de la reducción de fracturas en ancianos de instituciones asistenciales cuando se administra junto con calcio.

La última medida terapéutica y no por ello la menos importante es la actividad física. Son muchos los estudios que han confirmado la eficacia de la actividad física para conservar la masa ósea e incluso aumentarla, pero siempre si la prescripción es adecuada.

Entre las muchas características del ejercicio físico indicado para la osteoporosis se pueden ver los 6 principios que propone Borer (2005) que son:

1) ejercicios dinámicos; 2) intensos; 3) frecuentes; 4) breves e intermitentes; 5) que produzcan sobrecarga en el hueso; 6) que la actividad física esté acompañada de una ingesta de vitamina D y calcio adecuada.

Otra de las características que debe tener el ejercicio es la continuidad y así son varios los autores que afirman que las ganancias se mantienen durante un periodo de tiempo similar al de entrenamiento, aunque la calidad del hueso es mayor que en los que no han realizado ninguna actividad física previa pasado ese periodo (Fuchs y Snow, 2002; Nordström y otros, 2005; Nordström y otros, 2006).

La pregunta que surge una vez planteadas las características del ejercicio en la prevención y el tratamiento de la osteoporosis es que modalidad de ejercicio será la más adecuada. Por ejemplo, los ejercicios de fuerza que generarán una tracción en las inserciones óseas de los músculos, con cargas elevadas entorno al 70-90% de 1RM, 8-12 repeticiones, 3 días por semana durante un año se ha observado que son beneficiosos en la densidad mineral ósea (Lirani y Lazaretti-Castro, 2010). Las actividades de impacto también se ha observado que son beneficiosas para mejorar la masa y la densidad mineral ósea como es el caso de prácticas deportivas como el voleibol, las disciplinas de salto en atletismo y gimnastas. Este tipo de actividades de  impacto se ha demostrado que son eficaces en personas de mayor edad como mujeres premenopáusicas en donde ejercicios de medio impacto como saltos o step aumentaron la densidad mineral ósea lumbar y femoral  y en la misma línea de impactos no extremos está la publicación de Nikander y otros (2009) en donde ejercicios de media carga como el fútbol y el squash mejoraban las características del tejido óseo de forma similar a las actividades de alto impacto.

Una de las últimas características del tipo de actividad física más efectiva en la osteoporosis es la velocidad de ejecución de los ejercicios y así existen publicaciones en las que se afirma que los ejercicios de velocidad elevada o potencia muscular son más eficaces para estimular la formación de hueso.

La última modalidad de ejercicio a destacar sería la desarrollada dentro del medio acuático. Las opciones terapéuticas del agua son muchas y se pueden enumerar la natación, la movilización articular bajo el agua, las terapias individuales, el watsu, el aqua-aerobic o los programas de fitness  con materiales de resistencia en el agua entre otras. La literatura existente sobre esta área muestra contradicciones. Existen autores que afirman que la actividad en el medio acuático tiene beneficios en el tratamiento de la osteoporosis mejorando la densidad mineral ósea, el recambio y remodelado óseo, el equilibrio y la coordinación  reduciendo así del riesgo de caídas. Sin embargo, existen trabajos donde exponen que existe una menor  densidad mineral ósea en nadadores, ausencia de aumento de densidad mineral ósea entre nadadores y controles o incluso que las actividades sin impacto como la natación no tienen ningún beneficio biológico relevante sobre el hueso. Esta diferencia de opiniones será origen de una nueva entrada próximamente en nuestro blog.

Pero está claro el efecto beneficioso del ejercicio bien seleccionado en el tratamiento de la osteoporosis, por lo tanto, muévete y empieza a tratar o prevenir la osteoporosis con nuestros consejos.


Bibliografía recomendada:


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